¡NOVELA FANTASTICA! #5 (EN ESPAÑOL)
En el asiento trasero
El sol apenas se había ocultado cuando Javier Rojas comenzó su turno, el cielo desangrándose de naranja a un morado amoratado mientras alejaba su destartalado taxi amarillo de la cochera. El aire de la tarde era cálido y espeso, cargado con el olor a gasolina y a lluvia lejana. Bajó la ventanilla, dejando que el bullicio de la ciudad lo envolviera—bocinazos, risas escapándose de los bares, el ocasional aullido de una sirena a lo lejos. Sonidos normales. Sonidos humanos.
Su guitarra reposaba en el asiento del copiloto, su estuche marcado por años de ser arrastrado entre su diminuto apartamento y el taxi. La había comprado de segunda mano en Bogotá veintitrés años atrás, cuando sus dedos eran ágiles y sus sueños, grandes. Ahora, a los cuarenta y siete, sus nudillos le dolían en las mañanas frías, y sus sueños se habían reducido a cosas simples: pagar el alquiler a tiempo, quizá ahorrar lo suficiente para arreglar el escape del taxi, que rechinaba como un animal herido.
Javier había manejado el turno nocturno durante doce años, y en todo ese tiempo, nunca se había acostumbrado al silencio que se instalaba después de la medianoche. La ciudad se transformaba cuando la mayoría dormía—los letreros de neón zumbaban como insectos somnolientos sobre las calles húmedas, y algún borracho ocasional salía tambaleándose de un bar, riendo demasiado fuerte antes de desaparecer en la oscuridad. Pero esa noche, las calles estaban más vacías que de costumbre.
Suspiró, golpeteando un ritmo ausente contra el volante mientras esperaba en un semáforo en rojo, aunque no había otro auto a la vista. La radio emitía estática, como solía hacerlo a estas horas. Alargó la mano y la apagó.
La madera pulida de su guitarra brillaba bajo las luces de la calle. Era su único lujo, lo único que había traído consigo desde Colombia y que aún le hacía sentir como en casa. La había comprado cuando tenía veinte años, cuando todavía creía que quizá podría ser músico algún día. Antes de la guerra, antes de las amenazas, antes de subirse a un avión con nada más que una maleta y esta guitarra, rogando por un nuevo comienzo.
Ahora, tocaba para nadie más que para sí mismo.
Su primer pasajero lo recogió afuera de un edificio de oficinas—un hombre con traje arrugado que olía a café y agotamiento. "Union Station", murmuró el hombre, ya tecleando en su teléfono. Javier asintió y se incorporó al tráfico. El silencio se extendió, pesado y familiar. La mayoría de los pasajeros no querían conversación. Querían mirar sus pantallas, olvidar que compartían espacio con otro ser humano durante diez minutos.
Pero esa noche, el silencio le carcomía los nervios. "¿Tuvo una buena noche, señor?", intentó Javier. El hombre no levantó la vista. "Solo conduzca". En la estación, el hombre pasó el dinero por la división y desapareció entre la multitud sin una palabra. Javier guardó los billetes en su billetera, el papel crujiente entre sus dedos. Suficiente para una cena barata, si se saltaba el desayuno del día siguiente.
Una hora más tarde, recogió a una mujer afuera de un hospital. Subió al asiento trasero, su rostro marcado por el rímel corrido, sus manos aferrando una bolsa de plástico con pertenencias. "¿A dónde?", preguntó Javier con suavidad. Dio una dirección en un barrio que él sabía lleno de apartamentos deteriorados. Luego apoyó la frente contra la ventana y lloró—llantos entrecortados y suaves que llenaron el taxi como un segundo latido.
Javier apagó la radio. Condujo despacio, tomando la ruta más larga para darle unos minutos extra de recogerse. Cuando llegaron, ella le entregó un billete arrugado de veinte. "Quédese con el cambio", susurró. La observó alejarse, sus hombros encorvados contra la noche.
El reloj del tablero marcaba las 11:17 PM cuando el teléfono de Javier vibró contra el estuche de la guitarra. Torpeó con la pantalla agrietada, su pulgar calloso dejando una mancha de grasa sobre la foto radiante de su sobrina Marisol.
"¡Tío!" Su voz estalló en los altavoces, brillante como el tono de marimba. "¿Viste mi video? ¡Toqué tu canción en el recital!"
El aliento de Javier se cortó. Podía oler los pasillos del hospital donde la había visto por última vez, seis años y dos cumpleaños perdidos atrás. "Lo vi tres veces, mariposita. Hiciste que el tiple sonara como—"
"¡Ponme en altavoz!" La voz de su hermano Eduardo lo interrumpió, seca como un apretón de manos de banquero.
El taxi se llenó del eco metálico de una fiesta—copas chocando, un piano tocando Porro. Los dedos de Javier se apretaron en el volante. Ese piano había sido de su madre.
"Deberías haber visto al profesor de Marisol", continuó Eduardo. "Dijo que tiene madera para el conservatorio. Música de verdad, no rasgueos de esquina". Una pausa. "¿Sigues manejando ese ataúd con ruedas?"
Javier observó a una pareja de borrachos salir tambaleándose de un bar de karaoke, sus risas rebotando en el pavimento como monedas sueltas. "El taxi está bien".
"Dios mío, escúchate", el suspiro de Eduardo crujió en el teléfono. "Cincuenta el año que viene y sigues jugando a los sueños. Hasta tu guitarra sabe que se acabó".
Las palabras le clavaron un cuchillo sin filo entre las costillas. Javier miró el estuche a su lado, sus calcomanías despegándose en los bordes—un festival de música en Bogotá del 2001, un café que cerró antes de que Marisol naciera.
El susurro de Marisol lo cortó: "Tío, usé tu técnica de punteo en el—"
"Mija, hora de dormir". La voz de Eduardo se alejó. "Javier, manda dinero para sus clases o deja de llenarle la cabeza con tonterías".
La llamada se cortó justo cuando Javier doblaba en la calle 5. Bajó la ventanilla, dejando que el aire húmedo se tragara el silencio. De pronto, el taxi olía a la colonia de su padre, a la noche en que vendió el piano de su infancia para pagar la matrícula de Eduardo.
Un semáforo en rojo. Javier alargó la mano hacia el estuche de la guitarra, pero se detuvo. Su uña encontró el surco en el volante donde alguna vez talló una M de músico. Ahora era solo otra grieta.
Su teléfono vibró de nuevo—un video de Marisol. La miniatura la mostraba abrazando su viejo tiple, el que él le envió la Navidad pasada mientras Eduardo le mandaba enlaces a escuelas de camiones.
Javier no lo reprodujo.
En cambio, subió el volumen de la radio, donde la estática se mezclaba con un vallenato. El cantante lamentaba a un hombre que cambió su acordeón por una pala. Javier tarareó, su voz quebrándose en los tonos altos, como no lo hacía cuando aún podía alcanzar la garganta profunda.
En el siguiente semáforo, atrapó su reflejo en el retrovisor—las canas que Eduardo no tenía, los pómulos hundidos de un hombre que comía demasiadas veces al volante. El estuche de la guitarra lo miró fijamente, sus cierres oxidados.
Una notificación apareció: Pago de unidad de almacenamiento vencido. Dentro de ese cubo climatizado cerca del aeropuerto estaban su bandola, sus partituras, las cintas demo que alguna vez le valieron una llamada de Sony Colombia. Las cintas que nadie reproducía porque necesitaban el tipo de máquina equivocado.
Javier accionó la direccional. El clic-clic-clic acompasado coincidía con el compás de La Gota Fría, la canción que tocó en el quinceañero de su sobrino hasta que Eduardo desconectó el amplificador. "Esto no es 1998", le había espetado mientras los invitados vitoreaban al DJ.
El teléfono vibró por tercera vez. Un mensaje de Marisol:
*Tío, ¿me pasas las tablaturas de La Llorona? El profe dice que mi fraseo necesita alma.*
La risa de Javier salió como una tos. Respondió: *El alma cuesta extra. Pídele un préstamo a tu papá.*
Todavía sonreía cuando el anciano lo detuvo afuera de un diner, sus manos temblorosas y olor a menta jalándolo de vuelta a la noche. Mientras el hombre se abrochaba el cinturón, Javier se sorprendió tarareando de nuevo—el vallenato de la radio, o quizá la canción de cuna que le compuso a Marisol antes de que caminara.
El viejo rió entre dientes. "Ustedes los músicos. Siempre medio en otro mundo".
Javier encontró sus ojos en el retrovisor. "No soy músico. Solo un taxista que recuerda canciones".
La menta sabía al último sorbo de café frío. Subió el volumen de la radio para ahogarla.
El anciano olía a comida frita y mentas, sus manos temblando mientras golpeaba ligeramente el cabezal de Javier. "Maple y la 12", dijo. "La casa de mi hija". Javier asintió. Las calles estaban más tranquilas ahora, el tráfico disminuyendo. Podía oír la respiración entrecortada del viejo, el modo irregular en que sus dedos tamborileaban sobre sus rodillas.
"¿Todo bien ahí atrás?", preguntó Javier. El hombre suspiró. "Solo cansado. Ha sido una vida larga". Condujeron en silencio un rato. Luego, sin provocación, el hombre dijo: "¿Alguna vez piensas en cuántos desconocidos has conocido? Solo por un minuto, para nunca volver a verlos?" Javier miró por el retrovisor. Los ojos del hombre estaban distantes, fijos en algún recuerdo que Javier no podía ver. "Todo el tiempo", admitió. El anciano sonrió. "Curioso, ¿no? Todos estos pequeños choques. Y luego—". Hizo un sonido suave, como una vela apagándose. Cuando llegaron a la casa, el hombre tardó una eternidad en contar el cambio exacto. Javier esperó, observando la luz del porche parpadear. "Cuídate", dijo el anciano al irse. Javier lo vio caminar lentamente hacia la entrada, preguntándose si alguien lo recordaría cuando llegara a esa edad.
Un trozo de papel cayó al suelo del taxi cuando el anciano salió. Javier casi lo llamó—hasta que vio el borde rojo característico. Un boleto de lotería.
Su respiración se cortó. La estática de la radio pareció agudizarse en un susurro sibilante. Sus dedos se movieron hacia el boleto antes de retroceder, persignándose por costumbre. El dije de la Virgen María de su madre se balanceó contra el retrovisor, atrapando la luz de la calle.
"Solo revisaba si era basura", murmuró para nadie, para Dios. Sus palmas sudorosas resbalaron en el volante mientras se inclinaba. El papel olía a menta y algo medicinal. Su uña encontró el surco donde alguna vez talló la M de músico—ahora presionando su carne como una penitencia.
El boleto estaba tibio del bolsillo del anciano. *Gran ganador*, garabateado en letras temblorosas sobre los números. El pulso de Javier rugió en sus oídos. Esto podía ser la señal, el milagro por el que había dejado de rezar años atrás. Suficiente para pagar la unidad de almacenamiento, quizá recuperar su bandola de la casa de empeño.
Entonces vio la fecha. Del sorteo de la semana pasada. Su estómago cayó como una hostia en la lengua de un pecador. No un milagro—una prueba. Y ya había fallado al tocarlo. El boleto tembló en sus dedos, de pronto ardiente mientras las palabras de despedida del anciano resonaban: “Cuídate".
Bajó la ventanilla, dejando que la noche se tragara su vergüenza.
El boleto de lotería yacía en el asiento del copiloto como una hoja muerta, sus bordes enrollados por años en el bolsillo de algún viejo. Javier no había querido verlo—solo captó el destello rojo cuando la luz interior se encendió al salir el anciano. Pero ahora las palabras "gran ganador" lo miraban fijamente en letras temblorosas, la tinta manchada quizá por una mano temblorosa o café derramado.
Javier tamborileó los dedos en el volante. Las luces fluorescentes de la gasolinera zumbaban como avispas enfurecidas. Ya podía oír la voz de Eduardo: Incluso cuando el dinero cae en tu regazo, necesitas instrucciones.
El estuche de la guitarra se deslizó hacia adelante cuando frenó demasiado cerca de las bombas de aire. Dentro, la cuerda más aguda vibró—un eco disonante del chirrido digital de la máquina de lotería la semana pasada, cuando malgastó cinco dólares en el Powerball.
El empleado no levantó la vista de su revista de lucha libre cuando Javier pasó directo al terminal de lotería. La pantalla parpadeó como un ojo cansado cuando insertó el boleto.
POR FAVOR, ESPERE.
La garganta de Javier se cerró. Ya veía los números—suficiente para pagar la unidad de almacenamiento, quizá volar a Bogotá para el próximo recital de Marisol. La máquina traqueteó, escupiendo un recibo con indiferencia mecánica.
BOLETO NO GANADOR.
Las palabras se desdibujaron. Javier parpadeó, de pronto consciente de la mirada aburrida del empleado y la lente inexpresiva de la cámara de seguridad. Apretó el recibo, el papel cortándole la palma como las cuerdas solían hacer antes de que se formaran los callos.
Cerca de la caja, el aparato giratorio de hot dogs gorgoteó ominosamente. Tres salchichas marchitas orbitaban bajo una lámpara amarillenta. El estómago de Javier gruñó, recordándole que se había saltado el almuerzo para pagar la inspección vencida del taxi.
"¿Cuánto?" Señaló la menos cadavérica.
"Dos cincuenta". El empleado resopló. "Con impuesto".
Javier contó el cambio exacto de su frasco de propinas—monedas pegajosas de refresco, un níquel que dejó rastros de cobre en sus yemas. El hot dog supo a arrepentimiento y sodio mientras se recostaba contra el capó, viendo a un adolescente rascar un boleto ganador al otro lado de la calle.
El estuche de la guitarra lo miraba desde el asiento. Casi podía oír la voz de su padre en su última pelea: Los sueños son para hombres ricos o tontos. El olor a menta del anciano aún flotaba, mezclándose con el aroma químico del ambientador de la gasolinera.
Un mensaje vibró en su bolsillo—Marisol. ¿Viste mi nueva guitarra? Papá la consiguió en la subasta del conservatorio. La foto la mostraba abrazando una guitarra clásica que valía más que su taxi. El reflejo de Eduardo sonreía en la tapa pulida.
Javier limpió la mostaza de la pantalla con la manga. Su pulgar flotó sobre el teclado antes de escribir: Hermosa. Tócame La Gata Golosa. Lo borró. Envió en cambio: Se ve cara. No la rayes.
La radio se encendió sola, algún predicador nocturno despotricando sobre la redención. Javier la apagó de un golpe, luego se paralizó.
En el piso trasero, detrás del asiento del copiloto, había un dulce de menta en celofán descolorido.
Javier lo aplastó con el talón, el crujido sonó como un hueso rompiéndose. El aroma inundó el taxi—no solo menta, sino salas funerarias y el velorio de su abuela, donde Eduardo le dijo a los familiares que Javier estaba "entre proyectos".
La pantalla del GPS parpadeó. Por medio segundo, el mapa se disolvió en estática antes de mostrar direcciones al cementerio Maple Grove—aún guardadas de su atajo fallido la semana pasada. Javier golpeó el botón de cancelar.
Su teléfono vibró de nuevo. Recordatorio de pago de unidad de almacenamiento. Las cintas demo ahí dentro eran más viejas que Marisol. El representante de Sony Colombia había dicho "texturas interesantes" antes de preguntar si podía escribir reggaetón.
El hot dog pesaba como plomo en su estómago. Al otro lado de la calle, el ganador de lotería gritó y besó su boleto.
Javier giró la llave. El taxi tosió al encenderse, la luz del motor parpadeando como si supiera un secreto. Al limpiarse la salsa de los labios, la radio volvió a encenderse a medio volumen—suficiente para oír al cantante de vallenato lamentar "la vida que pudo ser".
No la apagó.
El hot dog se convirtió en ceniza en la boca de Javier. Miró el boleto arrugado en el tablero—no solo sin valor, sino robado. Ese *"gran ganador"* tembloroso no era la ilusión de un viejo. Era una lista de compras, una nota de cumpleaños de un nieto, o quizá el último chiste entre él y una esposa enterrada años atrás.
Sus dedos dejaron manchas de grasa al alisar el recibo. Los números se burlaban: 7-14-21—fechas que no significaban nada para él, pero quizá eran aniversarios, hospitales, el día que nació alguna nieta.
Atragantó el último bocado, la carne procesada hinchándose como culpa en su garganta. A través del vidrio, el empleado lo fulminó con la mirada, como si pudiera oler el robo. Su frasco de propinas estaba más ligero ahora, su dignidad aún más.
Al alejarse, el taxi apestaba a carne hervida y menta. La voz del anciano resonaba: *"Cuídate"*. Una bondad que no merecía. En el siguiente semáforo, bajó la ventanilla y dejó que el boleto volara a la alcantarilla, aterrizando sobre un vaso de Coca-Cola aplastado—solo otra pieza de basura callejera, grasosa de huellas y vergüenza.
Veinte minutos después, la risa golpeó el taxi antes que la puerta—un coro chillón y desafinado de borrachos saliendo del Club Neon. Cuatro jóvenes se amontonaron, oliendo a colonia barata y vodka aún más barato, sus camisas de diseñador desabrochadas y pegadas a la espalda con sudor.
"¡Oye, qué guitarra más genial, viejo!" El de las puntas decoloradas golpeó el cabezal del asiento. "¿Les tocas serenatas a los clientes o qué?"
Javier forzó una sonrisa, la que reservaba para pasajeros que podían vomitar. "A veces, si—"
"¡Sí, joder!" El de la camisa hawaiana se inclinó, su aliento agrio con Red Bull y tequila. "¡Tócanos algo picante! ¡Como esa mierda de Shakira!"
Los demás vitorearon. Los dedos de Javier se crisparon hacia el estuche. Hacía meses que nadie le pedía. Su pulso se aceleró al abrir las trabas—quizá esta era la señal que esperaba. La madera aún brillaba bajo la luz, aunque las cuerdas estaban opacas. Tocó la cuerda mi, haciendo una mueca al oír lo desafinada que sonaba.
"Eh, un segundo". Alargó la mano para afinar, pero el de la camisa hawaiana gimió.
"¡Solo toca, abuelo, no tenemos toda la noche!"
Javier tragó saliva. Su uña encontró la M tallada en el volante por valor. Entonces comenzó *"La Piragua"*, la primera canción que aprendió—una tonada folclórica sobre un barco condenado, su ritmo imitando la corriente del Magdalena.
Por tres compases perfectos, el taxi se llenó de algo vivo. Javier cerró los ojos, sintiendo el fantasma de la mano de su padre en su hombro, como cuando tocaba de niño. Las cuerdas zumbaban bajo sus callos, los acordes vibrando a través del asiento de cuero agrietado.
Entonces comenzaron las risitas.
"Viejo, esto suena como la telenovela de mi abuela—"
"¡Qué mierda más deprimente—"
"¡Oye, conductor, tienes aux? ¡Pongamos Bad Bunny!"
La voz de Javier murió en su garganta. Sus dedos siguieron moviéndose, pero las notas se volvieron mecánicas, huecas. Los jóvenes ya pasaban un vape entre ellos, discutiendo a qué club de striptease ir. No notaron cuando dejó de tocar.
"Aquí está bien", farfulló el de las puntas al pasar un puesto de tacos. Le arrojó un billete arrugado de veinte—suficiente para la carrera y dos dólares de propina. "Quédate con el cambio, guitar hero".
La puerta se cerró de golpe. La risa se filtró por la ventana mientras se alejaban, ya olvidándolo. Su mano izquierda aún aferraba el mástil, sus yemas presionando demasiado los trastes. Un chillido agudo resonó—el sonido de una cuerda a punto de romperse.
Exhaló bruscamente. Algo le picó en la garganta—no eran lágrimas, aún no, pero el preludio, esa opresión horrible antes del derrumbe. Tosió en su puño, el sonido húmedo y áspero.
El estuche abierto en el asiento parecía una herida. Javier lo cerró, pero se detuvo. La cuerda mi se había roto, enrollándose como una serpiente muerta. El extremo roto le dejó un roce rojo en la muñeca.
Afuera, los borrachos piropeaban a un grupo de chicas. Uno intentó una pirueta y cayó de cara en un montón de basura. Sus risas rebotaron en el pavimento, afiladas como vidrio roto.
Su teléfono vibró. Otro mensaje de Marisol: *Tío, ¿sabías que papá guarda tus cintas demo en su oficina? Dice que son una "advertencia"*.
Las palabras se desdibujaron. Ese representante de Sony había usado la misma frase—*advertencia*—antes de sugerir que escribiera jingles. Sus demos, las que Eduardo rescató de la basura, ahora eran un chiste.
Algo caliente y amargo subió por su garganta. Tragó con dificultad. El taxi apestaba a colonia barata y al fantasma de la menta, un cóctel nauseabundo que le hizo lagrimear.
Alargó la mano hacia la radio, desesperado por estática, por cualquier cosa que ahogara el silencio. Pero al encenderla, solo hubo un gorgoteo húmedo—como agua lamiendo un muelle podrido, o un hombre ahogándose en silencio.
Su respiración se cortó. El sonido no venía de los altavoces. Estaba en su garganta, en su pecho, subiendo como el Magdalena en temporada de lluvias. Apretó el volante hasta que sus nudillos crujieron.
La cuerda rota vibró de nuevo, su extremo golpeando la tapa armónica. Una nota discordante flotó entre el tic-tac del motor y los gritos lejanos de los borrachos.
Javier no se movió. No respiró. Solo miró la pantalla agrietada donde el mensaje de Marisol brillaba—un recordatorio de que hasta sus fracasos eran lecciones para otros.
La comezón en su garganta empeoró. Tosió en su manga. Al bajarla, la tela estaba salpicada de algo oscuro.
Las calles estaban vacías. Javier estaba por terminar su turno cuando vio la figura—una sombra al borde de un callejón, con el brazo alzado en un lento saludo. Algo le erizó la nuca. Pero el dinero era dinero. Se detuvo. La puerta se abrió con un chirrido. Aire frío entró, cargado de tierra mojada y algo metálico. "¿A dónde?", preguntó Javier, mirando por el retrovisor. El pasajero era solo una silueta, su rostro oculto. Entonces, una voz como hojas secas rozando piedra: "Al cementerio Maple Grove". Y Javier, cansado, solo y ya medio perdido en sus pensamientos, no cuestionó por qué alguien iría a un cementerio a medianoche. Solo condujo.
En cuanto el pasajero habló, Javier supo que algo estaba mal. No solo raro—mal de un modo que le erizó el vello de los brazos. La voz era demasiado seca, hueca, como viento a través de una lápida agrietada. Y ahora, mientras el taxi avanzaba por calles vacías, el silencio en el asiento trasero era peor. Ajustó el retrovisor, intentando ver mejor. Pero el pasajero era solo una sombra—sin rostro, sin rasgos, solo una silueta encorvada devorada por la oscuridad. Las luces de la calle pasaban, arrojando destellos intermitentes, pero la luz nunca tocaba al pasajero. *Solo un bicho raro*, se dijo. *Sigue manejando*. Pero sus manos se apretaron en el volante.
La radio se encendió sola, escupiendo estática. Javier se estremeció y la apagó. El silencio que siguió era denso, sofocante. Carraspeó. "Entonces", forzó alegría en su voz, "¿usted... es de por aquí?" Ninguna respuesta. El pasajero no se movió. Ni siquiera parecía respirar. Javier tragó saliva. El GPS mostraba quince minutos más al cementerio. Podía aguantar quince minutos.
Entonces—un sonido. Un chasquido húmedo, como una lengua despegándose del paladar reseco. "Tú no eres de aquí". El estómago de Javier cayó. No era una pregunta. "No", dijo con cuidado. "De Colombia, originalmente". "Ah". Otro silencio largo. El taxi pasó por un bache, y el estuche de la guitarra golpeó el asiento. El pasajero inclinó ligeramente la cabeza al oírlo. "¿Tocas?" La voz era distinta ahora—más suave, casi curiosa. Pero aún incorrecta. Como algo que había oído el habla humana pero no sabía imitarla.
"Sí", dijo Javier. "Solo por diversión". "Toca para mí". No era una petición. Su boca se secó. Debía decir que no. Debía detenerse y echarlo. Pero sus manos ya se movían, abriendo el estuche, levantando la guitarra. El primer acorde resonó, temblando en el aire. Tocó una canción folclórica que su abuela le enseñó, los dedos moviéndose por memoria. Las notas eran cálidas, familiares—un pedacito de hogar en este taxi frío. Por un momento, el miedo se desvaneció.
Entonces el pasajero habló de nuevo. "Extrañas tu tierra". Sus dedos vacilaron. "Sí", admitió. "A veces". "Nunca la volverás a ver". Las palabras lo golpearon. Su respiración se cortó. "¿Qué?" Ninguna respuesta. El pasajero volvió a la quietud. Su pulso retumbó. Siguió tocando, pero la música sonó hueca ahora, las notas deshilachándose.
El taxi pasó bajo una luz rota, sumiéndolos en oscuridad. Cuando volvió la luz, Javier miró al retrovisor—y vio el rostro del pasajero. Pálido. Hundido. Labios retraídos sobre dientes amarillos. Ojos abiertos, mirándolo fijamente.
Javier gritó, torciendo el volante. El auto se desvió antes de que lo controlara, su corazón martillando. Cuando miró de nuevo, solo vio sombra. *Imaginación*, se dijo. *Solo la oscuridad*. Pero el aire se había vuelto gélido. Su aliento se empañó. El GPS anunció: "Llegando al destino". Nunca había estado tan aliviado de ver un cementerio.
Javier frenó bruscamente, deteniéndose frente a Maple Grove. Su corazón golpeaba sus costillas. "Hemos llegado", dijo, voz tensa. "Son dieciocho cincuenta". Silencio. Se giró. El pasajero estaba desplomado contra la ventana, cabeza inclinada. Piel cerosa. Ojos lechosos, sin parpadear. Y el olor—Javier retrocedió, arcadas. Podredumbre. Espesa, inundando el taxi. El hombre no estaba inconsciente. Estaba muerto. Y no recién muerto—llevaba tiempo. Su piel tenía un tinte grisáceo, uñas negruzcas.
La cabeza del cadáver golpeó el vidrio con un sonido húmedo, sus ojos reflejando la luz como cristal escarchado. Su respiración era superficial, el corazón latiendo en sus dientes. El olor—Dios mío—se espesó, pegándose a su lengua, haciéndole lagrimear.
El cuerpo se movió al detenerse el taxi, sus dedos rígidos arañando el asiento como hojas secas. Una pierna, doblada en ángulo antinatural, se deslizó hasta que el zapato—cuero gastado—golpeó la consola. Javier se estremeció, manos aferradas al volante.
*Esto no está pasando.*
Pero sí. La boca del cadáver entreabierta, lengua ennegrecida. La piel, tirante sobre los huesos, venas oscuras como grietas. La camisa—antes blanca—manchada de algo marrón.
Javier tragó náuseas. Buscó los controles de la ventana, pero sus dedos resbalaron. La cabeza del cadáver se inclinó más, su sien contra el vidrio, y por un horroroso segundo, pensó que lo miraría.
Entonces se deslizó.
El cuerpo cayó hacia adelante, su peso llevándolo al espacio entre los asientos. Un crujido seco resonó al golpear la consola. Los brazos, rígidos, no se movieron para amortiguar—solo se doblaron torpemente, una mano en el piso, dedos como garras.
Su respiración se quebró. Un sonido animal escapó de su garganta—no un grito, no un gemido, solo terror puro.
El silencio era ensordecedor. Ni respiración. Ni ruido. Solo el motor y su sangre en los oídos.
Y sin embargo—
Parecía gritar. Como si el cadáver gritara sin sonido, su boca abierta un vacío de horror. El aire vibraba con ello, una presión en su cráneo hasta casi reventar.
Su mano tembló al alcanzar la manija.
Javier forcejeó, cayendo al pavimento. Sus rodillas golpearon el asfalto mientras vomitaba nada, el aire frío sin limpiar el olor de su nariz. Sacó su teléfono, marcando el 911 con dedos temblorosos. "Cuerpo sin vida", jadeó. "En mi taxi. Cementerio Maple Grove. Por favor". Sirenas a lo lejos. Se recostó contra el capó, mirando el cadáver a través del vidrio. ¿Cómo? El hombre había hablado. Había subido. A menos que—A menos que lo hubiera imaginado. El pensamiento se deslizó, frío. *Quizá te estás volviendo loco. Quizá demasiado solo.* Pero el cuerpo era real. La policía llegaría pronto. ¿Y luego qué?
Los policías no le creyeron. Claro que no. El primer oficial miró el cadáver, luego a Javier, y pidió refuerzos. "Señor, aléjese del vehículo". Javier alzó las manos. "Yo no—¡solo lo recogí! ¡Estaba vivo!". La linterna del policía iluminó su rostro, luego la guitarra en el asiento. "¿Quiere que crea que un cadáver pidió un taxi?". Más patrullas llegaron. Cinta amarilla. Flashazos. Un detective—un hombre gruñón—lo miró como a una mancha. "Su nombre". "Javier Rojas. Manejo para Metro Cab hace doce años. Tengo licencia, yo—". "¿Dónde estuvo antes de esto?". Su estómago cayó. En ninguna parte. Solo manejando. Sin testigos. Sin cámaras. Su palabra contra lo imposible. El detective sonrió. "Sí. Eso pensé". Le pusieron las esposas.
Al meterlo en la patrulla, Javier vio su guitarra siendo embalada como evidencia. Y entonces—por un segundo—creyó ver girar la cabeza del cadáver, sus ojos lechosos siguiéndolo. Un susurro rasposo, tan bajo que quizá lo imaginó: *"Debiste seguir manejando"*.
La celda estaba fría. Javier se sentó en la delgada cama, cabeza en las manos. Su abogado de oficio ya lo había advertido—sin pruebas, sin coartada, se enfrentaba a homicidio involuntario. O asesinato. Y con su historial, su estatus migratorio, nunca volvería a ser libre. *"Nunca volverás a ver Colombia"*, resonó en su cráneo. Un sonido cortó el silencio—una cuerda pulsada. Su cabeza se alzó. Su guitarra. Estaba ahí. Apoyada contra los barrotes. Pero—era imposible. La habían confiscado.
Alcanzó a tocarla. Las luces se apagaron. Oscuridad total. Y entonces—un susurro en su oído: "Hora de irse, Javier". Su corazón estalló.
El forense dictaminó un infarto. Causa natural. Caso cerrado. La guitarra no fue reclamada, vendida en subasta. Una semana después, otro taxista recogió a una figura sombría cerca del cementerio. El pasajero susurró una dirección. Y en el asiento trasero, leve pero inconfundible—el sonido de una cuerda de guitarra, pulsada suavemente.
AtilA

Comments
Post a Comment